Margaret Atwood recibió en Toronto el III Premio de Poesía Joan Margarit
La escritora canadiense fue distinguida por su trayectoria poética en una ceremonia encabezada por el rey Felipe VI de España.
La escritora canadiense Margaret Atwood recibió el III Premio de Poesía Joan Margarit, un reconocimiento impulsado por la Editorial La Cama Sol, el Instituto Cervantes y la familia del fallecido poeta catalán, destinado a distinguir la trayectoria de destacados autores de la poesía mundial.
La ceremonia se realizó en la Victoria University de Toronto, en Canadá, y contó con la presencia del rey Felipe VI, quien fue el encargado de entregar el galardón. Durante su discurso, el monarca destacó la influencia global de la autora y subrayó el lugar central que ocupa la poesía dentro de su producción literaria.
Felipe VI recordó además que había entregado a Atwood el Premio Princesa de Asturias hace casi dos décadas y señaló que sus libros representaron para muchos lectores españoles una primera aproximación a la literatura canadiense.
El rey definió a la autora como “una brillante novelista” y una “intelectual comprometida”, y afirmó que el premio simboliza “una muestra de gratitud por enseñarnos a leer mejor, a leer nuestro tiempo, a leer nuestras sociedades y a leernos a nosotros mismos”.
Por su parte, Atwood pronunció un discurso titulado “Poesía en tiempos duros”, en el que reflexionó sobre el papel de los escritores frente a los autoritarismos. “Cuando los regímenes políticos han cambiado violentamente, los poetas han estado entre los primeros en ser silenciados”, sostuvo.
La autora de The Handmaid's Tale (El cuento de la criada) consideró que la poesía constituye un espacio de resistencia en un contexto global “incierto” y destacó su capacidad para sostener la esperanza frente al poder y la violencia.__IP__
Atwood cerró su intervención agradeciendo el reconocimiento y reivindicando la figura del poeta catalán Joan Margarit, a quien definió como una voz fundamental de la literatura catalana.
Poemas:
A MEDIANOCHE
A medianoche me despierta la lluvia, un aguacero,
el viento azota las hojas, orejas
enormes, plumas enormes,
como un animal perseguido, un perro
gigantesco o un cerdo salvaje. Truenos y ventanas
que se estremecen; del tejado metálico
cae una tromba de agua.
Estoy tumbada bajo el mosquitero,
enredada en una tela húmeda, el pelo lleno de sal.
Cuando escampe habrá luciérnagas
y estrellas, más brillantes que en cualquier lugar;
podría contemplarlas en momentos
de pánico. Están a años luz, si lo piensas.
A la porra la poesía, es a ti a quien deseo:
tu sabor, la lluvia
en tu cuerpo, mi boca en tu piel.
VARIACIONES SOBRE LA PALABRA AMOR
Ésta es la palabra que usamos para taladrar
agujeros. Tiene el tamaño justo para esos tibios
huecos del discurso, para esos vacíos en forma
de corazón que no se parecen
a los corazones de verdad. Si le añades encaje,
puedes venderla.
También la escribimos en el único
espacio vacío del impreso que viene sin instrucciones. Hay revistas
enteras que no tienen mucho más
que la palabra amor; puedes
frotártela por todo el cuerpo
y también puedes cocinar con ella. ¿Cómo sabemos
que no es lo que sucede en las divertidas orgías
de las babosas bajo cartones
mojados? Y los semilleros
de malas hierbas que asoman sus tercos hocicos
entre las lechugas, también la gritan.
¡Amor! ¡Amor!, cantan los soldados, levantando
al saludar sus brillantes cuchillos.
Pero luego estamos nosotros
dos. La palabra nos parece demasiado corta, sólo tiene
cuatro letras, es demasiado austera
para llenar esos vacíos profundos
y desnudos entre las estrellas
que oprimen con su sordera.
No evitamos caer en el amor,
sino en ese miedo.
Esta palabra no es suficiente pero tendrá
que bastarnos. Es una sola
vocal en este silencio
metálico; una boca que dice
oh, una y otra vez, con asombro
y dolor, un suspiro, un dedo
asido a un acantilado. Puedes
agarrarte o dejarte caer.
(Traducción de María Pilar Somacarrera Íñigo)



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